viernes, febrero 17, 2006

La Batalla de Lepanto






La batalla de Lepanto supuso el final de la amenaza turca sobre Europa. La toma de Constantinopla por los turcos en 1453 había iniciado un periodo de expansión musulmana por el Mediterráneo que finalizaría en la célebre batalla en la que Cervantes perdió un brazo.
Antes de ese decisivo encuentro naval, la flota otomana amenazaba las rutas comerciales que enlazaban el mundo cristiano con el oriental. Suleimán el Magnífico había tomado la gran fortaleza de Belgrado y expulsado a los caballeros de San Juan de la plaza fuerte de Rodas. En 1526 había aplastado a los húngaros, abriendo así el camino hacia el corazón de Europa, aunque se vería obligado a renunciar a la conquista de Viena tras un largo asedio.
Las plazas de Argel y Trípoli caerían bajo dominio otomano, al igual que Túnez, que sería ocupada en 1570 por el virrey de Argel. Continuando con la expansión turca, Selim II tomó Chipre, lo que provocaría finalmente una decidida reacción cristiana ante el riesgo de invasión generalizada.
Se formó entonces la denominada Liga Santa, que estaba formada en su mayoría por barcos españoles y que contaba solamente con el apoyo del papa Pío V (1504-1572) y de la República de Venecia, reuniendo un total de 80.000 hombres y más de doscientas embarcaciones de guerra, que quedarían concentradas en el puerto siciliano de Messina bajo el mando de don Juan de Austria.

El 15 de septiembre de 1571 la flota partió dirigiéndose a la isla de Cefalonia, tras recibir la noticia de que en el golfo de Lepanto , en la costa occidental de Grecia, se había reunido la flota turca, compuesta por unas 270 naves.
Al amanecer del 7 de octubre de 1571, la flota cristiana avistó a la turca y don Juan dispuso sus naves en formación de combate. En el flanco derecho se situaron las naves venecianas bajo el mando de Andrea Barbárigo; en el izquierdo, la flota papal capitaneada por Andrea Doria, mientras que en el centro quedó en manos de don Juan de Austria, con el grueso de la flota. Por su parte, los turcos adoptaron la forma de media luna, separándose poco más tarde en tres secciones: en el centro la flota de Alí Pashá; Mohamed Siroco en la derecha y Ulach Alí en el flanco izquierdo.
Don Juan abrió la batalla disparando sus cañones contra las naves de Alí Pashá, destruyendo de golpe siete galeras turcas. Los otomanos avanzaron entonces su flanco central contra las naves de don Juan, entablando una encarnizada batalla. Pero don Juan logró tomar la nave capitana, rompiendo así el centro de la flota turca, que se batió en retirada.
Por su parte, el flanco derecho turco, con Mohamed Siroco al frente, llevó a cabo una ariesgada maniobra envolvente contra las galeras venecianas de Barbárigo, para lo que se desplazó bordeando la costa, muy cerca de las rocas. Esta táctica de saldó con éxito, consiguiendo desbordar así a la flota veneciana. Su buque insignia fue tomado al quedar rodeado por ocho galeras turcas. Pero la retaguardia cristiana acudió rápidamente en auxilio de Barbárigo, lo que provocó la derrota de Siroco y la huida precipitada de su flota.
La línea izquierda turca, la mando de Uluch Alí, empleó la misma táctica que Siroco, intentando rodear las naves de Andrea Doria y alcanzarlas por detrás. Sin completar la maniobra envolvente, Alí decidió atacar al grueso de la flota de Doria, logrando abrir un importante hueco en las líneas de la flota papal. Pero nuevamente la retaguardia cristiana estuvo atenta y pudo llegar a tiempo de evitar el desastre. Al poco tiempo llegó también parte de la flota de don Juan, que ya había asegurado el centro de la formación, obligando así a Uluch Alí a retirarse.
A pesar de haber perdido 17 galeras y más de 8.000 hombres, tras unas cuatro horas de lucha la flota cristiana había tomado el control de la batalla. Pero, aunque la escuadra otomana había sufrido unas 25.000 bajas y había visto como se hundían un centenar de galeras, los tripulantes musulmanes mantuvieron su ánimo combativo hasta el final.

A esas alturas de la batalla, los tripulantes de una galera turca se habían quedado ya sin munición; en ese momento, para defenderse del ataque de un navío español, ¡los musulmanes acabaron lanzando contra los cristianos limones y naranjas!
Con la victoria de la flota cristiana se acababa el mito de la invencibilidad naval musulmana y se alejaba así el peligro de una invasión. Los europeos en general tenían así motivos para estar contentos, pero quienes más lo celebraron fueron los galeotes que habían remado en las naves cristianas.
Antes de la crucial batalla, para asegurarse su colaboración en los momentos críticos que se avecinaban, don Juan de Austria había prometido a los galeotes de su flota que, en caso de conseguir la victoria, les liberaría de su condena y que serían puestos en libertad a su regreso a España. Al haber ganado la batalla se vio obligado a cumplir con su palabra, pero esta liberación masiva tuvo como consecuencia que la mayor parte de la flota quedó paralizada en los puertos españoles por falta de remeros.
Pero lo que supuso una alegría para unos acabó tornándose en desgracia para otros, puesto que don Juan de Austria solicitó a su hermano, el rey Felipe II, que se le proporcionasen galeotes si no quería que su flota languideciese sin posibilidad de hacerse a la mar. La petición fue aceptada y el monarca ordenó a jueces y alcaldes que cualquier delito, por pequeño que fuera, se castigase con la pena de galeras.