domingo, marzo 26, 2006

La extraña muerte del hermano de JFK

A continuación transcribo el capítulo dedicado a la extraña muerte del hermano de JFK, Joe Kennedy Jr., fallecido durante la Segunda Guerra Mundial, que aparece en mi libro ENIGMAS Y MISTERIOS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (Ediciones Nowtilus, 2006).



Una de las muertes que pudo cambiar con posterioridad el rumbo de la historia de Estados Unidos fue la de Joe Kennedy Jr., el hermano mayor del futuro presidente John Fitzgerald Kennedy, asesinado en Dallas en 1963.

Joseph Patrick Kennedy había nacido el 28 de julio de 1915. Su padre, embajador de Estados Unidos en Londres y llamado también Joe, le consideraba su auténtico heredero y había depositado en él todas las esperanzas de la familia para alcanzar algún día las más altas cotas del poder político.

El joven Joe completó su curso de piloto en 1942, y como voluntario de la flota aérea de la U.S. Navy adquirió experiencia volando en Puerto Rico y Centroamérica. Fue destinado a la base de Dunkeswell, en Gran Bretaña, incorporándose al escuadrón VB110. Con él completó una serie de treinta misiones de bombardeo sobre Alemania, con lo que finalizaba su compromiso con la Fuerza Aérea. Sin embargo, haciendo gala de una gran valentía, se ofreció voluntario para llevar a cabo otra serie, en este caso de diez, animando a su tripulación a seguir su ejemplo.

Fue precisamente en la última misión de esta segunda ronda de bombardeos cuando a Joe Kennedy se le encargó un cometido que estaba clasificado como altamente secreto, al formar parte de la denominada operación Anvil (Yunque). Este proyecto pretendía ser la respuesta aliada a las bombas volantes alemanas. Al no contar los Aliados con la tecnología necesaria para construir ingenios de este tipo, capaces de despegar y dirigirse a su objetivo sin la intervención de un piloto, se vieron obligados a emplear un sistema mucho menos sofisticado.

Para conseguir resultados similares, se emplearon bombarderos B-17 y B-24 Liberator cargados de explosivos y con tan sólo dos tripulantes a bordo. Estos aviones, denominados Baby por razones de seguridad, eran desmantelados de todo el equipo que no era imprescindible, dejando tan sólo el asiento del piloto, y cargados con unas diez toneladas de explosivos Torpex, el más poderoso conocido por entonces, que era una mezcla de dinamita, TNT y napalm, que sería activado al estrellarse en tierra por medio de fusibles de impacto.

El “avión bomba” despegaría de una base en Inglaterra con los fusibles desactivados, para evitar que explotase en caso de accidente. Una vez en vuelo, este mecanismo sería activado y el avión sería puesto en ruta hacia el objetivo. El mando del aparato sería controlado por un "avión madre", volando a una altura superior, que enviaría señales de radiocontrol para mantener el rumbo y guiar al Liberator hasta el blanco, mientras volaba a 600 metros de altura.

Los dos tripulantes saltarían en paracaídas mientras estuvieran volando sobre Inglaterra para ponerse a salvo. A fin de facilitar el salto, el fuselaje contaba con deflectores de aire en la puerta para evitar corrientes que les pudieran poner en riesgo. La operación requería tiempo totalmente despejado para que el "avión madre" pudiera guiar al "avión bomba" hacia su objetivo. El plan era que, una vez en Alemania, cuando el Liberator sobrevolara el objetivo, se estrellara contra él. Aunque la idea resultaba sencilla, su puesta en práctica no lo fue tanto.

El 31 de julio de 1944, Joe Kennedy y su compañero de tripulación John Willy fueron enviados al aeródromo de Dunkeswell, en Devon. Allí se les explicó que llevarían a cabo una de estas misiones secretas. Concretamente, deberían despegar con un Liberator cargado de doce toneladas de explosivo y saltar en paracaídas una vez que el aparato estuviera ya controlado por radio desde el “avión madre”.

En este caso, el objetivo del “avión bomba” no era Alemania, sino la Francia ocupada. El aparato debía estrellarse contra unas instalaciones secretas que los alemanes habían construido en la localidad de Mimoyecques, cerca de Calais. Allí, los científicos nazis estaban poniendo a punto la tercer integrante de las “armas de represalia”, la V-3.

Este sofisticado complejo, contruido en 1943 y diseñado por Albert Speer, el ministro de Armamento del Reich y conocido como el “arquitecto de Hitler”, constaba de siete kilómetros de túneles y estaba protegido por cerca de medio millón de toneladas de hormigón. Para ello fue necesario emplear a unos 60.00 hombres, la mayoría de ellos prisioneros de guerra o deportados políticos; la mitad de ellos morirían a consecuencia de las terribles condiciones de trabajo que hubieron de sufrir.

Aunque existen numerosas versiones, y algunas de ellas discrepantes, sobre la naturaleza del arma secreta que allí se construía, de la que prácticamente no se tienen datos, parece ser que se trataba de una batería de enormes cañones, capaces de alcanzar Londres desde el continente europeo.

Esta batería habría estado compuesta de un total de 25 cañones. Cada uno tendría una longitud de más de cien metros y su calibre sería de 150 milímetros. Era necesario un proyectil especial, compuesto de cromo y níquel, cuyo coste era similar al de un avión de caza Messerchsmitt 109. En total se fabricaron 20.000 de estos proyectiles.

El principio de funcionamiento de este arma revolucionaria era similar al de los cohetes; conforme el proyectil ascendía a lo largo del cañón se iban produciendo explosiones provocadas eléctricamente que iban aumentando la aceleración del proyectil. Al salir del cañón, éste adquiría una velocidad seis veces superior a la del sonido, lo que le permitía recorrer los 150 kilómetros que le separaban de Londres.

Los ensayos con este “super cañón” no resultarían demasiado exitosos. Los científicos alemanes no conseguían superar las dificultades que entrañaba la puesta a punto de esta arma experimental y tenían que ver como, en algunas ocasiones, los cañones explotaban al no poder soportar la presión de cuatro toneladas por centímetro cúbico que se daba en su interior.

De todos modos, los Aliados decidieron destruir las instalaciones de Mimoyecques antes de que los alemanes contasen con este poderoso cañón. Para ello, en julio de 1944 se enviaron catorce bombarderos pesados Lancaster con la misión de arrasar el lugar.

La operación prácticamente no produjo daños, al ser incapaz de perforar la gruesa capa de hormigón, pero, desgraciadamente, sí que provocó una tragedia entre los prisioneros encargados de su construcción. La onda expansiva de las bombas produjo un movimiento de tierras que se saldó con un escape de agua y lodo; un túnel inferior, precisamente en donde se encontraban refugiados unos 10.000 de estos trabajadores forzados, quedaría inundado causando la muerte de todos ellos. Posteriormente no ha sido posible recuperar los cuerpos, puesto que el gobierno francés, en 1947, decidió rellenar el túnel con cemento. En la actualidad, Mimoyecques es un museo de propiedad particular, dedicado a los que allí murieron.

Tras el fracaso de los Lancaster británicos le tocó el turno a los norteamericanos, que decidieron intentarlo con sus aviones teledirigidos. Kennedy y Willie despegaron a bordo de su Liberator a las 17.52 horas del 12 de agosto rumbo a Mimoyecques, acompañados de dos “aviones madre”, por si alguno de ellos sufría alguna avería, además de una formación de cazas.

Una vez en el aire, Kennedy armó los fusibles de los detonadores y envió por radio la palabra clave que indicaba que todo marchaba correctamente. Pero dos minutos más tarde, exactamente a las 18.20 horas, el avión explotó cuando sobrevolaba el bosque de Blythborough, en Suffolk.

Los restos del aparato fueron encontrados en un radio de tres kilómetros, en donde todos los árboles aparecían completamente quemados. Un total de 147 casas situadas a diez kilómetros a la redonda se vieron afectadas de un modo u otro por la explosión, pero afortunadamente no hubo que lamentar ninguna víctima mortal. Debido a la potencia de los explosivos no se pudo encontrar ningún resto de los dos tripulantes, que habían quedado completamente desintegrados.

Aunque era muy difícil conocer las causas exactas de la deflagración, los expertos dedujeron que probablemente fue debida a alguna corriente eléctrica imprevista en el interior del aparato; al llegar ésta a los detonadores se habría cerrado el circuito, provocando la explosión accidental .

La muerte de los dos tripulantes parece así que no entraña ningún misterio pero, quizás debido a la maldición que parece perseguir a la familia Kennedy, el caso no puede darse por cerrado. En primer lugar, el hecho de que la operación Anvil fuera secreta impidió ofrecer entonces detalles sobre cómo se había producido la muerte de Joe; a la familia tan sólo se le comunicó que había fallecido “en misión de combate en el Canal de la Mancha”.

Como ejemplo del celo con el que el expediente relativo a esta operación fue ocultado, basta indicar que los documentos no comenzaron a desclasificarse hasta 1966 y que no sería hasta cuatro años después cuando se desveló el nombre de los dos tripulantes de aquel avión.

La tardanza en admitir que Joe Kennedy volaba en aquel avión llevó a imaginar todo tipo de teorías conspirativas, relacionándolas con las desgracias que sobrevendrían a sus hermanos menores.

En 1986, el testimonio de un antiguo oficial artillero de la Luftwaffe, Karl-Heinz Wehn, vendría a añadir un nuevo elemento de confusión, al asegurar que había capturado a Joe Kennedy en Francia el 14 de julio de 1944, es decir, ¡un mes antes de emprender su última misión!

Según afirmó Wehn, su batería antiaérea derribo un bombardero norteamericano cerca de Bayeux. De él saltaron en paracaídas dos tripulantes, que fueron capturados por soldados de la 12ª División Panzer.

Wehn fue el encargado de interrogar a los dos aviadores; uno de ellos, que se presentó como teniente primero de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, dijo ser Joe Kennedy, hijo del que había sido embajador norteamericano en Gran Bretaña antes de la guerra.

El oficial germano comprobó que su nombre, así como su rango y el número de identificación, figuraban en su chapa de identificación, por lo que no existía ninguna duda de que decía la verdad. Al día siguiente, Kennedy y su compañero fueron trasladados a un destacamento de las SS, donde –según le explicaron a Wehn- los mataron al intentar escapar atravesando un río.

De ser cierta la narración del oficial germano, cabría la posibilidad de que aquel hombre se llamase efectivamente Joe Kennedy y que intentase buscar un mejor tratamiento por parte de sus captores suplantando al hijo del antiguo embajador. Las autoridades militares norteamericanas investigaron la existencia de este supuesto soldado, pero no habia ningún otro “Joe Kennedy” en los archivos del Ejército, por lo que habría que pensar que aquel hombre era el auténtico Kennedy.

No hay ninguna prueba que avale el testimonio de Wehn, pero no deja de resultar inquietante. ¿Cabe la posibilidad de que Joe hubiera sido capturado por los alemanes? ¿En ese caso, llegó a pedirse algún tipo de rescate por él? Tratándose del hijo de un prestigioso diplomático, no hay duda que esta situación podría haber suscitado un insoluble dilema en el gobierno norteamericano...

Dejándonos llevar alegremente por la imaginación, si esto sucedió y, por un motivo u otro, la negociación terminó con la muerte de Joe, nada resultaba más fácil que situarlo en aquel avión que explotó sobre el cielo de Suffolk, haciendo imposible cualquier tipo de comprobación, al desaparecer el cadáver. Además, el hecho de que toda la operación se encontrase bajo secreto impediría cualquier investigación. Por lo tanto, si se hubiera tenido que maquinar una trama destinada a borrar cualquier indicio que condujese a la auténtica muerte de Joe Kennedy, éste sería el plan perfecto.

HERNANDEZ, Jesús "Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial". Ediciones Nowtilus. Madrid, 2006.
En caso de reproducirlo, citar fuente.

1 comentario:

Ian Guerrero dijo...

Hola Jesús

Me he permitido publicar una parte de este post en mi blog, doy reseñas, enlaces y cito fuentes.

Como verás el blog tiene como tema “Aviación” en todas sus líneas, así que me ha parecido interesante hacer publico tu libro, pues estoy seguro que será de mucho interés para los lectores de mi humilde blog.

Una pregunta... ¿Si te mando el dinero, como tu me indiques, me podrías mandar un libro con una dedicatoria? La verdad es que me haría mucha ilusión. Ya me contarás.

Un saludo cordial
Ian Guerrero

http://pilotodecombate.blogspot.com/

PD. Ya te he añadido a mis blog