jueves, octubre 22, 2015

UNA BOTELLA DE COCA-COLA DE CUATRO MIL DÓLARES




Bien, amigos, disculpad que esté un poco desaparecido, pero he cogido la velocidad de crucero en un proyecto que quiero entregar justo después de navidades; no se equivocaba Picasso cuando dijo que "cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando"...

Por otro lado, ya sabéis que, cuando estoy callado, es que algo estoy tramando... y es verdad. Estoy planeando una Operación Magnet II -los seguidores del blog más fieles ya saben a qué me refiero-, pero ya habrá tiempo de hablar de eso.

Pues hoy vamos con una historia que fue relatada por el mítico corresponsal de guerra Ernie Pyle en su recomendable libro Brave Men, y que he reproducido en mi última obra, PEQUEÑAS GRANDES HISTORIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

Pyle, que cubrió la campaña de Italia con el Ejército estadounidense, gustaba de mezclarse con los soldados y conocer de primera mano sus historias. Así, en una de sus crónicas, relató una anécdota protagonizada por los hombres de la 13ª Brigada de Artillería del ejército norteamericano, destinada en los alrededores de Nápoles.

Los integrantes de un regimiento de esta unidad decidieron organizar una lotería, cuyo primer premio sería una botella de Coca-Cola. Todo empezó cuando un soldado que había pertenecido al regimiento, y que ya había regresado a Estados Unidos, Frederick Williams, de Forida, envió dos botellas de ese popular refresco a dos de sus antiguos compañeros. El obsequio les hizo una especial ilusión, ya que nadie allí había visto una botella de Coca-Cola desde hacía un año.




Los destinatarios se bebieron a medias una de las botellas y después empezaron a tener ideas sobre la otra. Finalmente, decidieron rifarla y utilizar las ganancias para el cuidado de los niños cuyos padres habían muerto sirviendo en el regimiento.

Además, tenían la esperanza de que la empresa Coca-Cola igualaría la cantidad que consiguieran.



La lotería se anunció en el pequeño periódico ciclostilado de la unidad y las participaciones se pusieron a la venta a veinticinco centavos cada una. No había transcurrido la primera semana y en la caja ya había más de mil dólares. El dinero llegaba en cuartos de dólar, dólares, chelines, libras, francos y liras.

Ante el vuelo que estaba adquiriendo la rifa, hubo que designar un comité que hiciera de administrador. Al final de la tercera semana, los fondos recaudados sobrepasaban los tres mil dólares. Para añadir alicientes al sorteo, el soldado Lamyl Yancey, de Kentucky, consiguió una botella en miniatura de Coca-Cola y la ofreció como segundo premio.




Justo antes del gran sorteo, los fondos llegaban a los cuatro mil dólares. El día señalado, se metieron todas las papeletas en una caja de proyectiles alemanes y el comandante de la brigada extrajo dos números. El vencedor fue el sargento William Schneider, de Nueva Jersey. La botella en miniatura del segundo premio fue a parar al sargento Lawrence Presnell, de Carolina del Norte.

El sargento Schneider, en lugar de alegrarse por ser el afortunado ganador, estaba horrorizado por lo que le había ocurrido. Aquel refresco valía lo mismo que ocho mil botellas en Estados Unidos.

«No creo que me interese beberme una botella de cuatro mil dólares» —dijo—. «Creo que la enviaré a casa y la guardaré unos cuantos años».


La anécdota llegó de algún modo a oídos del enemigo. La emisora de radio que emitía desde Roma, bajo control alemán, se hizo entonces eco de la historia, pero distorsionándola completamente y utilizándola en contra de las tropas norteamericanas.

Tal como lo divulgaron los alemanes, los soldados iban tan cortos de suministros que estaban pagando hasta diez mil dólares por una sola botella de Coca-Cola, añadiendo de ese modo seis mil dólares más a la recaudación.




Pero la historia de aquella botella de Coca-Cola no puede darse todavía por concluida. En 1979, un periodista del Washington Post, Joseph Mastrangelo, leyó la anécdota relatada por Pyle y decidió lanzarse a la búsqueda del afortunado soldado al que le correspondió el primer premio, intrigado por saber cuál había sido el destino final de la preciadísima botella.

No obstante, a pesar de sus esfuerzos, implicando en su pesquisa a las asociaciones de veteranos, Mastrangelo no consiguió localizar al sargento Schneider. Al menos, como premio de consolación, fue capaz de encontrar al soldado al que le correspondió el segundo premio, la botella en miniatura.

Cuando Mastrangelo publicó el resultado de sus investigaciones, la compañía Coca-Cola lanzó una campaña por todo el país para tratar de encontrar al escurridizo sargento Schneider, con idéntico resultado.

Así pues, el destino final de esa botella de cuatro mil dólares es uno de los enigmas pendientes de la Segunda Guerra Mundial...